Escribe.
Escribe un relato. Eso intento. Eso haría si no fuera por el enano. Aquí está de nuevo. Subido en mi mesa. A mi derecha, bajo la lámpara. Esta vez no es mayor que el bote de lápices. Mira el folio, mira mi mano escribiendo. Sé que por muy rápido que escriba mis palabras no se salvarán. Despacio levanta la cabeza. Me mira a mí y lo vuelve a hacer de nuevo. En un intento desesperado mi mente hace una fotografía mental de lo que hay escrito en el folio. Pero mi mente es como las cámaras reflex, necesita tiempo para hacer fotografías, no hace instantáneas. Guardo muy pocas fotografías de aquello que he escrito a lo largo de mi vida y aquellas que tengo no puedo usarlas. Desde su perspectiva a pulgadas vuelve a mirarme, sabe lo que estoy haciendo, sabe exáctamente lo que mi cabeza intenta hacer. Entonces se encorva un poco hacia adelante y al echarse atrás abre el agujero negro que tiene por boca, inspira, y se traga todas las palabras, las letras, los puntos, cada frase, una a una y por orden; veo como desaparecen los primeros trazos, esa primera línea que a veces tarda semanas en nacer y me deja de nuevo con un papel en blanco. No comprendo donde mete todas mis palabras, ni todo lo demás que se ha llevado. Siempre tuvo tripa, desde la primera vez que lo vi, pero esa tripa ni crece ni encoje, siempre es la misma bolsa grasosa que le cuelga desde el pecho. Ahora lleva camisa. Agradezco no tener que ver esa tripa, solo adivino la silueta redonda que crea bajo la camisa. Sí, este lleva camisa, una camisa blanca con unas finísimas líneas negras que forman cuadros. Nada de chaleco rojo o camisa verde o gorro. Unos tirantes grises que agarran la cintura de un pantalón de pinzas negro más alla de las fronteras de su campo de visión y zapatos de charol.
La primera vez que lo vi no me di cuenta de lo que estaba haciendo. Tenía doce años, escribía frenética un examen de geología, estratos, feldespatos y placas tectónicas. Le vi por el rabillo del ojo. Estaba de pie, junto al encabezamiento. Por aquél entonces aún llevaba chaqueta. Mi cerebro estaba lleno de trilobitos y buscaba yacimientos de petróleo en los rincones más remotos de la memoria. Terminé justo al sonar el timbre. Antes de haber terminado el suspiro-post-examen el profesor se llevó mis folios y el enano desapareció de la mesa. Antes de que saliera por la puerta el profesor me había llamado a su mesa. Subí la tarima con un gran interrogante en la cabeza. Tal vez no me había acordado de poner mis apellidos, me pasaba amenudo. Antes de llegar hasta su mesa ví de nuevo al enano, esta vez me miraba con sus enormes ojos verdes centelleantes y una sonrisa entre pícara y tétrica. No se movía, estaba en una esquina de la mesa, cerca de la ventana y el sol hacía que su pelo pareciese transparente. Antes de poder crear un esbozo de pregunta el profesor me entregó mis folios, el nombre, la fecha y el curso estaban ahí. Lo que no estaba ahí era el texto. Ni las preguntas, ni las respuestas que había tenído que extraer de cada neurona de mi masa gris. En su lugar él había marcado los folios con un enorme interrogante rojo. Era del mismo tamaño que el que se había dibujado en mi cara. Le miré, miré de nuevo el papel y antes que dijera nada, sacó su lista y con un movimiento de 360° terminó mi prematura carrera como geóloga.
Mi carrera como poeta acabó poco después cuando aspiró mis primeros diarios y mis cartas de amor nunca llegaron a su destino.
Al principio pensaba que sólo se llevaba las palabras.O las absorbía. Así fue durante años. Al principio era desesperante. Nunca llegaba a las citas, no había comida en la nevera o sentada en el cuarto de baño recordaba que tenía que haber comprado papel. Poco a poco me acostumbré y en lugar de hacer la lista de la compra dejaba los armarios abiertos para hacer fotos mentales de los estantes vacíos. Las ideas las creaba por el suelo del salón poniendo libros uno junto a otros. Los libros de cocina, para recordar que tenía que ir a una cena, el mapa de la ciudad abierto en la dirección adecuada. Lo mismo con el listín telefónico para saber con quién había quedado y el calendario por si me habían avisado con demasiada antelación. Lo que el viento se llevó se convirtió en “limpiar ventanas” salvo cuando dejaba uno de los adornos de navidad en forma de corazón encima, eso era “Tienes que dejarle”; el Retrato de Dorian Gray pasó a ser “ir a la peluquería” y guerra y paz “cena con padre”. Aprendí a asobrevivir sin palabras escritas por mi propia mano. De vez en cuando le pedía a alguien que me escribiera una nota. Cualquier excusa era válida. “me ha dado un calambre en la mano” decía, o tiraba el bolso y mientras lo recogía la dependienta me apuntaba la referencia de lo que estaba buscando.
La primera vez que me asusté de verdad fue cuando ya vivía sola, con el incidente-dalmata. Mi vecino de arriba tenía un dálmata desde hacía años. Educado, silencioso, obediente e incluso cómico a veces. Él era buena persona, de aquellos a quienes no les importaba apuntarme un número de teléfono que me estaban dando en ese momento en el ascensor o rellenar con mis datos la carta del banco porque “yo no encontraba mis gafas”. La perra de la vecina de abajo, no es que la mujer tuviera unos conceptos morales livianos, ni que su carácter le hinchara las venas de las sienes, me estaba refirirendo a su perrra, una dálmata también, que era otro ejemplar muy educado de su raza. Nueva en el vecindario pero aceptada por todos los vecinos. El incidente sucedió después de que a la perra de la vecina, (ya no hacen falta más aclaraciones), víctima de la naturaleza, le vino el celo. Fue entonces cuando el perro del vecino comenzó a ladrar arrebatado por los dulces olores y las feromonas que le llegaban desde 4 plantas más abajo. Día y noche rascaba las puertas, gemía y lloraba. Hubo . momento en el que me fue inevitable darme cuenta y lamentar que jamás un hombre había sufrido tanto por mí. Día y noche de arriba abajo. Mientras la perra de la vecina (¡!) seguía en manos de la madre naturaleza haciendo, sin darse a penas cuenta, que “pongo” se volviera loco y causandome noches de insomnio y jaquecas, a mí y al resto de los vecinos de la planta. Una tarde dejé de oir los ladridos. Así sin más. Pensé que a “perdita” se le habría pasado el celo y me alegré de que todos pudieramos volver a la normalidad. Horas más tarde llamaron a mi puerta. En el pasillo estaba mi vecino. Sus ojos gritaban enrojecidos, tenía la cara hinchada y toda la constelación de su cuerpo en general parecía como descompuesta. Entonces vi al enano apoyado en la pared del pasillo, junto al ascensor. Me asusté al verlo, pues esa vez era del tamaño de un niño de 3 años. Me miraba desafiante con su sonrisa de feriante, una mano apoyada en la pared, y una pierna cruzada delante de la otra. Mi vecino entre convulsiones, me zarándeó para que volviera en mí, aunque no sé quién de los dos estaba en un estado de shok más profundo, el estaba cerca del Glasgow 3, hay que decirlo. Me sacudió la mano para que viera lo que él tenía en la suya. Y entonces se me pusieron los pelos de punta, los poros del revés y una náusea se atascó en algún lugar entre el estómago y el grito que no salió de mi boca. En su mano tenía algo negro, negro y suave, casi redondo. Cuando lo toqué compredí lo que era. Era uno de los lunares de su perro. Tenía al menos otros 6 en la otra mano. Oí algo extraño. No eran las lágrimas del vecino que por fín se derramaban al estilo sálvese-quién-pueda por sus mejillas. Era el enano. Se estaba riendo. Antes de que pudiera reaccionar me tiró del brazo y me llevó hasta su apartamento, desde ahí me llevó de vuelta al mío obligándome a que mirase la alfombra salmón. Lógico que me hubiese ido a buscar. Desde su cocina hasta mi puerta, pasando por la escalera, había unas pequeñas manchas negras. Me agaché y descubrí que en efecto no eran manchas, eran los lunares de “pongo” tal vez los de la oreja o los de las patas. Era como una versión a lo Lynch de Hansel y Gretel. Macábra y extraña. Le dejé entrar en mi casa. La recorrió a cuatro patas, palmo a palmo. Pero no encontró nada. Fue la primera vez que alguien entró en mi apartamento y la última. El desorden que causó me costó dos cenas de trabajo, una copa en un bar con un viejo amigo y el cumpleaños de una amiga.
Cuando salió por la puerta, un tanto más calmado, el enano volvió a colarse dentro. Me lo quedé mirando con toda la maldad que me permitierton mis ojos. Él se rió de mí. Me señalaba con el dedo y aún cuando se deshacía en humo seguía oyendo su risa.
Siempre que desaparecía se convertía en humo. Me parecía un truco demasiado barato. Como su sonrisa de feriante. Un enano con zapatos de charol no puede desaparecer haciéndose humo. Resulta tanto ridículo como poco apropiado.
Después de haber visto frustrada mi carrera como geóloga, y erscritora-poetisa, (sobre todo poetisa) descubrí por casualidad que el enano era completamente daltónico. Por describir de alguna forma su incapacidad por ver colores. Estaba hablando por teléfono, garabateando en una hoja, y ví como miraba estupefacto mi mano deslizándose por el papel. Fruncía el ceño tratando de desvelar qué era aquello que trazaba mi mano. Escribí un nombre y lo absorvió de inmediato, pero el garabato seguía intacto. Cogí un bolígrafo verde, hice otro garabato y volví a escribir un nombre. Esta vez le costó más esfuerzo absorver las letras. Y el garabato también quedó intacto: No distinguía las formas abstractas ni los dibujos y no diferenciaba los colores. Mejor dicho, no los veía bien, no notaba la diferencia entre una página escrita en azul de una en amarillo o rosa siempre y le costaba más esfuerzo absorver las palabras escritas en colores. Ahí la razón de que siempre fuera de blaco y negro... Supuse. Por esto me volqué en el mundo del dibujo. Algo de talento tenía. El resto tuve que cubrirlo con ingenio, algo que gracias al enano había ido desarrollando con el paso de los años. La memoria fue lo segundo que desarrollé, al fin y al cabo tuve que acabar el colegio e ir a la universidad. Y era la única manera de mantener un diario en mi cabeza. Sin ambargo, siempre me he preguntado cómo es posible que me olvide de las cosas más simpes e insignificantes. Como una simple cena o la lista de la compra. Tal vez el lugar de la cabeza donde se registra esa información sea un lugar negro, tal vez el enano ya se lo haya llevado. En ninguno de mis dibujos hay negro. Hasta ahora han sobrevivido todos. No recibo obaciones, pero trabajo para diferentes revistas y tiras cómicas, mi nombre no es tan conocido como el de los escritores, pero pago mi alquiler. Los editores se han acostumbrado a lo “artístico” de que mis bocetos sean azules, rosas o verdes y no negros, y me rodeo de personas a las que poco les sorprende que diga que pinto porque hay un enano que no me deja hacer otra cosa. Ellos pintan porque alguien o algo les empuja a hacerlo, y eso es casi lo mismo.
Lo de los colores se me podía haber ocurrido antes. Cuando alicaté la cocina se aspiró todos los baldosines negros, dejandome un mosáico en el suelo bastante chapucero. En su lugar puse unos de color gris claro y ahí siguen.

Nunca he hablado con él. Ni siquiera sé si puede hacerlo. Sé que puede reirse, cambiar de tamaño a su antojo, hay meses enteros en los que no es mayor que un hamster y temporadas en las que levanta más de medio metro del suelo. Sé que es daltónico y que cuando está demasiado tiempo presente deja un olor rancio, entre cebolla y armario viejo con naftalina.
Antes, cuando era más pequeña le gritaba de la ira y le cerraba la puerta, para segundos después ver como apareciá dentro de mi habitación. Le odiaba por arrebatarme cosas, mis juguetes, mis pensamientos. Poco a poco me fui acostumbardo a que estuviera esperándome en la encimera de la cocina todas las mañanas y a verle sentado en la mesita de noche cuando me iba a dormir. Al principio sus apariciones eran esporádicas. Ahora está conmigo casi todo el día.
Tampoco sé de dónde viene. Desde los doce siempre ha estado conmigo. Cuando tenía quince me daba vergüenza ducharme delante él. Ahora sé que no me mira, y si lo hicera, no podría impedirselo.
Después de convivir con el enano durante años, en mi piso de soltera, de buscarme una vida y de conseguir mantenerme a mi misma me acostumbré a él y dejó de molestarme, era previsible y había enconztrado un método infalible para que no me causara más daños que yo no tuviera previstos. Es más descubrí dos cosas que le enfadaron bastante. Que le daban atracones y que no veía la pantalla del ordenador. Fue una pequeña gran victoria. Por fín podía comunicarme con el resto del mundo por escrito. El atracón vino ese mismo día. El enano había estado durante horas mirando como tecleaba. Se estaba enfadando, lo sabía por que cada vez olía más a rancio y se le inflamaban las enormes mejillas redondas, me lo quedé mirando triunfante. “Cómo te sigas enrojeciendo vas a acabar pareciendo un enano de jardín.” Entonces abrió la boca, cogió impulso, parecía que iba a salir corriendo, se dobló hacia delante y al estirarse de nuevo se llevó consigo las letras del teclado. Terminó en apenas dos segundos. Y entonces fue el quién me miró triunfante. Le observé encolerizada, notaba como la rabia crecía poco a poco y literalmente es cierto que la sangre puede hervir, dí un golpe en la mesa, justo donde estab él y desapareció con ese humo de feria tan cutre. Fue entonces cuando encendí la impresora. “Venganza”. Pensé. Comencé a escribir, en la letra más pequeña que me permitió el ordenador. Y llené la hoja, algunas frases escribí carecían de sentido, en otras le insultaba contodas las palabras, sustantivos y adjetivos que pude exprimir de mi cerebro. Con cada palabra crecía más la ira, y de mi cabeza brotaba más y más frases, palabras que no sabía que tenía registradas. Cuando por fín terminé con ese suspiro similar al post-examen hice “click” en el icono de la impresora y saboreé la victoria de nuevo. Número de copias: 200, y se me dibujó una sonrisa tan fría como la suya. La impresora comenzó a ronronear. Cuando iba por la página 80 reapareció. Estaba enfadado. Tenía el ceño fruncido y sus mejillas ya no estaba encendidas sino que eran de un rojo oscuro que parecía poco sano. Yo estaba apoyada en la encimera de l acocina mirando el escritorio. El té estaba delicioso. Al verle fingí sorpresa y miré “asustada” lo que estaba imprimiendo. Él me miró y avanzó caminando por la mesa. Se dió la vuelta para mirarme yvolvía a tener esa mirada pícara y maquiavélica a la vez. Saltó a la alfombra, se puso de lante de la impresora y vi como crecía. No recordaba haber presenciado un cambio de tamaño tan rápido. En segundos creció tanto que me llegaría por encima de la rodilla. Repugnante. Junto con él creció la ropa, los pelos transparentes y los poros de su piel que parecían cráteres. Se echó hacia atrás, un paso. Me nlanzó una mirada más bienceremonial y abrió su enorme boca. Tenía los dientes amarillos. Ví como las palabras, una a una se despegaban del papel y desaparecían dentro de esa apestosa abertura. Me terminé el té viendo el show que me estaba ofreciendo. Y cuando iba por la página 100 me fui a la cama.
Cuando la impresora dejó de hacer ruido oí un golpe. Después el Puf que acompañaba a sus desapariciones y hasta mi habitación llegó un asqueroso olor a rancio, ajo e indigestión.
Realmente pensé que lo había vencido. O quizás incluso matado.
Pasarón dos semanas. Y otras dos. Y ni rastro de su grasienta barriga.
Otro mes. Y otro. Me acostumbré a su ausencia.
Pero volvió. Se le pasó el empacho. Y volvió muy enfadado. Ese fue el día en que mi “convivencia” con él pasó a un estado de alerta roja y sentí verdadero miedo: fue el día que desapareció mi novio.
Una cosa eran las notas, un par de pantalones, el tablero de damas, mis apuntes o los exámenes, fingí pánico a escribir y desde entonces hice todos los examenes de forma oral; dejé de escribir cartas y comencé a hacer llamadas a larga distancia; otra cosa es desapardecer al perro del vecino, aunque sigo sin compreder como le cupo dentro. Pero algo muy diferente es encontrase una mañana a un enano sentado al borde de tu cama, un enano del tamaño de un niño de diez años, con el pelo trasparente por los rayos de sol, barba de tres días, la sonrisa de la estúpida placidez maquiavélica que aporta un triunfo, un frac más bien sacado de un mercadillo, y descubrir que tu novio ya no está en la cama. Nunca le había visto sonreír de ese modo. Sin carcajadas, sin burlas. Esa vez, mientras yo agarraba las sábanas aterreada ante ese grotesco ser, él me contemplaba, y en lugar de ese agujero negro tenía unos labios finos que sonreían satisfechos y sus ojos no centelleaban bufones como habían hecho siempre, esta vez parecían dos cristales verdes que centelleaban victoriosos mientras acariciaba la sábana donde había estado mi novio.