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Terra
La Coctelera

Categoría: short litter-ature

Beto y la Estrella

Había una vez un joven soñador que vivía solo en una pequeña granja en las afueras de un pequeño pueblo rodeado por un bosque. Su nombre, Alberto, le resultaba demasiado grande para el mundo tan pequeño en el que vivía y trabajaba, así que desde niño se puso Beto.

Desde la salida del sol hasta el anochecer Beto araba la tierra, alimentaba al pequeño rebaño (tenía 3 ovejas dóciles, aunque un poco asilvestradas) , se deshacía de las malas hierbas- muchas de las cuales acabarían en la tetera y buscaba recogía huevos de codorníz.

Una noche de comienzos de verano estaba Beto subido en su viejo cerezo, le fascinaba la intensidad del sabor que el árbol encapsulaba en cada uno de sus frutos, y el color tan especial de las hojas. Desdeel árbol podía ver toda la granja y los maravillosos colores que vestían el cielo tras el atardecer. Pero esa noche notó algo diferente en su acostumbrado cielo. Se fijó en una estrella que hasta ese momento nunca antes había visto. Se pasó toda la noche intrigado con la nueva aparición, observándola y estudiándo su suave parpadeo azulado. Que la estrella ya hubiera estado ahí el verano anterior no pasó por su cabeza, Beto, como muchos otros desconocía que las estrellas modifican sus posiciones dependiendo de la estación del año.

La estrella brillaba. La estrella se había dado cuenta de que Beto la estab mirando. Y orgullosa, le dedicó toda su atención, pues Beto, había empezado a hablarle. Le contó como era su monótona vida en la granja, le confesó que soñaba con aventuras, que sabía que ese pueblo tan pequeño no podía ser todo lo que la vida tenía guardado para él.

Durante las siguientes 5 noches Beto repitió sus visita al cerezo y a su nueva estrella, le habló de sus ovejas, de las tomateras y del campo de trigo que era la parcela más grande de toda la granja. No sabía muy bien por qué, pero el tamaño de ese pesdazo de tierra aún verde le sobrecogía., pues era desproporcionado a lo demás y sin embargo ahí estaba. La estrella escuchaba atenta cada una de sus historias, era la primera vez que alguien le dedicaba tanta confianza y tiempo

Una noche, después de que Beto hubiera pasado todo el día arreglando la cerca que delimitaba la granja, subió a su árbol y notó como la estrella parpadeaba de un modo diferente. Se quedó muy callado mirádola, tratando de encontrar un mensaje oculto en sus guiños. Y después de mucho mirarla, por fin lo encontró, o más bien lo escuchó. “Alberto....Alberto, Sube un poco más” le decía una voz plateada. “Me...-tartamudeó- me hablas a mí?” Alargó el cuello y giró la cabeza para acercar el oído un poco más en la dirección de la estrella. “Pues claro que te hablo a tí” Contestó la suave voz. Beto, con el corazón acelerado, subió hasta donde las finas ramas del cerezo le permitieron y de pronto un rayo plateado le envolvió y para cuando pudo reaccionar estaba flotando sobre la granja. “AH!” Gritó invadido por el miedo al ver como sus pies no tocaban el suelo. “Quieto!”-Le dijo la misma voz de antes “Si te mueves tanto no podré cogerte bien”. Beto miró a su izquierda y ahí estaba la estrella. Miles de puntitos plateados parpadeando tan cerca tan cerca que tuvo que cerrar los ojos. “Perdona”dijo la estrella bajando un poco la intensidad. Entonces Beto pudo ver que parecían dibujarse unos ojos bajo todo ese enjambre de luz y que unos lazos le rodeaban la cintura manteniendo su altura. Beto estaba en el cielo, suspendido, junto a una estrella, sobrevolando su pequeña granja en su pequeño pueblo donde siempre había vivido.

“No entiendo muy bien qué hago aquí... Quién eres o qué eres?!

“Es que no me reconoces?” soy yo, tu estrella. Te he estado escuchando todas estas noches. Nunca nadie me había hablado tan sinceramente, nunca habían confiado tanto en mí. Tienes sueños grandes. Y pensé que quizás te podría regalar un pedazo del mundo que desde abajo no puedes ver.

Desde esa noche y durante todo el verano Alberto y Estela, que ese era su nombre, quedaron pasada la puesta de sol, ella le abrazaba y desde lo alto del cielo le mostró todos eso lugares con los que Beto soñaba. Visitaron el pueblo vecino, que era bastante más grande y donde las granjas estaban especializadas en determinados cultivos. En el pueblo siguiente no tenían cercas sino muros de piedra, algo que Alberto llevó a la práctica y por findejaron de escaparse las ovejas.

Una noche llegaron hasta las fronteras del país y Alberto descubrió que más allá de la tierra había agua, vió por primera vez el mar. Siguieron viajando por el cielo nocturno hasta pasados el mes de julio y el mes de agosto. Alberto aprendía cada noche un poco más, algo nuevo y siempre que podía aplicaba lo aprendido a la vida en la granja. Como la vez que aprendió como acabar con las plagas que devoraban el trigo. Cada día esperaba nervioso al momento en que el sol desapareceiese para poder ver a Estela de nuevo. Fue el verano más increible de su vida. Descubrió que ciertamente había mucho más que trigo y codornices en el mundo.

A finales de verano sus cultivos eran los más sanos del pueblo, las ovejas habían engordado y sanas por el nuevo alimento había nacido una pequeña oveja completamente fuera de temporada, el trigo brillaba dorado y majestuoso, los girasoles resplandecían y las pipas estaban apunto de estallar. Todo en la granja era alegria y abudancia.

Estela le susrraba historias de otros paises muy lejanos que había visto en sus viajes, lugares donde había animales con el cuello más largo que su cuerpo, otros gigantes con trompa y colmillos. Alberto sonreía incrédulo al principio pero más tarde comenzó a hacer planes para ir a todos esos lugares.

Una tarde refrescó durante la puesta de sol.

Alberto, pudo sentir como comenzaba el otoño.

El último día de laa cosecha él y su único amigo celebraron lo fértil que se había vuelto su tierra y que pasarían un invierno cómodo junto a la chimenea. Bebieron un vino fuerte y comieron hasta entrada la noche. De pronto Alberto se acordó de Estela, y salió fuera para buscarla, Estela estaba lejos, camino del oeste. Alberto subió a uno de los abetos y se acercó a ella lo más que pudo. “siento llegar tarde Estela, la cosecha ha sido un éxito, nos vemos mañana.”

Pero estela no le contestó. Estela iba camino de otros cielos y no podía escucharle.

A la noche siguiente Beto salió al campo a buscarla, pero no pudo encontrarla. Gritó y gritó su nombre. Pero ella no contestó.

Triste y confundido regresó a casa .

Siguió buscádola las noches siguientes, pero Estela no volvió a aparecer.

Traicionado, un día dejó de salir al campo, dejó de mirar el cielo. Pasó el invierno en casa, refugiado de la nieve. Apenas sí salía para dar de comer a las ovejas y a los demás animales.

El invierno congeló sus sueños, y la ausencia de Estela le borró la sonrisa de la cara y la sensación de triunfo que había experimentado tras la cosecha.

Cuando al fin llegó la primavera Beto había olvidado sus deseos y odiaba más que nada esa granja tan pequeña. Apenas preparó la tierra. Sembró a desgana. Estaba cansado y cuanto más se acercaba el calor y el verano, más le enfadaba la ausencia de Estela.

El primer día de verano mientras trabajaba el trigal decidió que la granja ya no era lugar para él. Y decidido esto dejó caer las herramientas y enfadado e incómodo por no haberse dado cuenta antes regresó a la pequeña casa. Quería salir de ese pueblo tan pequeño con su gente pequeña y sus costumbre pequeñas.

El primer día de verano hizo muchísimo calor. El sol estiró sus rayos hasta llegar a todos los rincones de la granja y se topó con las azadas y la botella de agua que Alberto que había abandonado; el sol atravesó el cristal y sin querer prendió fuego una ramita de trigo.

Esa noche cuando Estela emocionaba asomaba por fin por el cielo estival Alberto observaba desde la ventana como se incendiaba el campo a su alrederdor. Pero no hizo nada para detenerlo. Lleno su mochila.

Salió de casa y vio el oscuro cielo tachonado de estrellas. Entre ellas Estela, que miraba desde arriba horrorizada, “Pero qué has hecho Alberto?’ “ qué ha pasado?”

“Todo es culpa tuya Estela. No quiero volver a verte.” Y diciendo esto se adentró en el bosque para que ella no pudiera encontrarle. Allí se quedaría hasta el amanecer, y al día siguienrte iría a buscar trabajo en una de sesas ciudades que había conocido el año anterior. Lejos del campo. Lejos del pueblo. Lejos de las etrellas.

Gaviotas al final del mundo

Así, tal y como me ha salido durante esta tarde soleada.

Esta es la historia de un hombre enamorado del mar.

En el caso de Marco, y como le sucede a toda persona que se enamora de un imposible, el mar llenaba un vacío que se había creado en el interior de su corazón; lentamente los agujeros habían ido mordiendo el músculo, un desengaño, una mentira, una relación que muere... Hasta que Marco decidió abandonar la ciudad y marcharse a las afueras.

Encontró un pueblo pesquero a pocos kilómetros de su vida anterior, pero del que jamás había escuchado hablar. Era un lugar tranquilo, pequeño y con la particularidad de que cada invierno quedaba anexionado de los alrededores debido a las tormentas de nieve. Los campos de amapolas desaparecían bajo el frio y nada ni nadie podía entrar o salir del pueblo.

Quiso la casualidad que a su llegada los habitantes estuvieran reunidos en la plaza mayor; en el centro había una pequeña tarima desde la que hablaba el rechoncho alcalde: el tema a debatir era la sustitución de Jorge, el viejo farero, cuyas octogenarias rodillas ya no conseguían subir la retorcida escalera de la torre. Marco se detuvo detrás de la muchedumbre y se quedó escuchando.

Durante la siguiente media hora descubrió que eran gente alegre, hombres y mujeres que trabajaban duro y que el asunto a debatir les tenía realmente preocupados, sin faro no podrían hacerse a la mar, y sin zarpar, no tendrían qué comer o con qué comerciar. Cuando el silencio los sobrecogió ante la temerosa espera del candidato, Marco, quién había decidido que ese era el lugar idóneo para esconder su corazón derrotado, alzó la mano, carraspeó y timidamente se presentó como el único voluntario para el puesto.

Llegó hasta el alcalde abríéndose paso entre las miradas de sorpresa y gratitud y a pesar de ser un total desconocido, su sonrisa franca y su mirada sincera convencieron al pueblo de que era el destino quién había traído al forastero para salvar la pesca de ese año.

Pasó el verano y Marco seguía viviendo en el faro. El trabajo era más que sencillo y le proporcionaba la tranquilidad y el anonimato que había venido buscando. Pasaba la mayor parte del tiempo hablando con las gaviotas desde lo alto de la torre, escuchando sus historias sobre tierras lejanas llenas de sol, o perdido en la inmensidad azul que azotaba los acantilados.

Los días de mercado se acercaba al pueblo en su bicicleta, compraba manzanas y verduras. Ayudaba aquí y allá, a pintar una verja, a arreglar un tejado.. y después regresaba silencioso al faro, dónde mecía sus emociones con la suave danza de las olas y esperaba a sus gaviotas con quienes conversaba merendando un trozo de pastel que siempre horneaba el mismo.

Para cuando llegó el invierno ya conocía cada rincón del pueblo, cada colina, cada matojo y podía dibujar la línea de la costa con su imaginación durante las noches más oscuras.

Tras la primera nevada, una fría mañana de noviembre, tomó su bicicleta por última vez y llegó al pueblo para hacerse con algunas provisiones para pasar el invierno. Compró cecina, bacalao, harina, arroz, algunas verduras y muchas de manzanas. Había mucho revuelo, la gente iba y venía apresurada y Marco se perdió entre la muchedumbre sin despedirse de nadie.

Llegó la gran nevada y salvo el mar, todo a su alrededor desapareció bajo un desierto de polvo frío y blanco. La puerta del faro estaría bloqueada hasta las primeras lluvias, y el único contacto con el exterior sería desde lo alto del faro y a través de la gran linterna.

Una semana tras la gran nevada regresaron los barcos, llegaban tarde por haber encontrado vientos del norte que les hacía modificar el rumbo constantemente. Entraron en la bahía una noche en que la niebla se confundia con las lomas cubiertas de nieve.

Pasó otra semana.

Y otra.

Marco memorizó las constelaciones de invierno, pasaba tardes enteras observando el mar de cristal azul y más de una vez compartió un trozo de pastel o de bacalao con las gaviotas. Vivir en aquel lugar, en el fin del mundo le agradaba tanto que perdió la noción del tiempo.

Tras un mes y medio por fin comenzó a llover. El perzoso sol de primavera ayudó al deshielo y al quinto día las calles volvieron a ser transitables.

Como cualquier día de mercado Marco se despertó, tomó su bicicleta y fue hacia el pueblo disfrutando de la suave brisa que ahora traía recuerdo de climas más cálidos.

Al llegar al plaza se acercó al puesto de la fruta y se sorprendió al ver que sólo había manzanas amarillas. Mientras examinaba una de ellas la chica que siempre había trabajado detrás de las coloridas montañas de peras, plátanos y uvas salió con los brazos abiertos y le abrazó con una enorme sonrisa. “Marco!” exclamó alegre. El farero dió un paso atrás sorprendido ante el comportamiento de la muchacha. “Marco!” repitió ella. “Cómo me alegra volver a verte!” Extrañado, se zafó de sus brazos mirándola a la cara por primera vez; descubrió unos ojos castaños encendidos y unas mejillas rosadas por la emoción. “te he echado tanto de menos!”

Marco había tratado de vivir alejado del mundo.Y durante lo que para él había sido un año de tranquilidad durante el cual había pasado desapercibido, ajeno a quienes le rodeaban, realmente había entrado a formar parte de sus vidas.. Marco era él que aún siendo un desconocido había aceptado el trabajo más importante y del que dependía todo el pueblo. El único que siempre tenía tiempo y una sonrisa para arreglar un tejado o pintar una verja. Gracias a él todos los barcos habían conseguido atracar tras la gran nevada, entre ellos el del padre de Lena, la muchacha que ahora le abrazaba y olía el dulce aroma a manzanas asadas que desprendía su ropa- para él una desconocida, para ella el jóven que todos los miércoles al coger la bolsa con la fruta acariciaba su mano de manera fugaz.

Sin darse cuenta y desde el anonimato, Marco había ayudado al pueblo durante el invierno más largo y había entrado en el corazón de todos sus habitantes.

si al final todo es una ilusión

ese día él le dijo: no somos más que el sueño de la materia que ansía la vida. Pequeños fogonazos de consciencia jugando a ser humanos.
ella contestó: entonces no soy más que un personaje en un sueño?
Y el corrigió: eres quién desees ser. Es tu sueño.

LUCIA PIERDE SU LUZ

Lucia se sentó al borde del camino sobre una roca para recuperar el aliento. Se recogió la falda azul. Tenía calor y llevaba tiempo caminando; no sabía cuánto pero sí que le dolían las piernas.

En la garganta sentía el eco de una palabra, dedujo que debía haber conversando con alguien. Miró a su alrededor. Nada. Sólo el campo. Estaba sola. “se habrá marchado...” y diciéndose esto, comenzó a masajear sus pies cansados y entonces el recuerdo de ese eco desapareció.

Se dio cuenta de que no llevaba zapatos... “Qué extraño... no debo ir muy lejos si es que he salido sin zapatos... Iría a recoger moras ¿? o a la pradera... o quizás a casa de...¿?” Sentada sobre esa roca mientras descansaba y masajeaba sus pies se percató de que realmente había olvidado hacia dónde iba. “Qué extraño...” volvió a pensar mientras perdía la mirada en los abetos que crecian abrazando el claro a su alrededor. Era un lugar hermoso. Fresco. Cómodo. . . Muy cómodo.

Cuando bajó los pies descubrió que el camino era estrecho, tan estrecho que más bien era un sendero, y que apenas se adivinaba su huella de arena frente a ella, pues ni a derecha ni a izquierda se veía hacia dónde se dirigía. “Por cual de los lados he venido?..” buscó a su izquierda ya su derecha, y no pudo siquiera diferenciarlos... volvió a posar la mirada en los abetos y sin que se diera cuenta estos le robaron el recuerdo de haber llegado al claro; se mecian frondosos con la brisa, ya no hacía calor. Uno rayos de sol anaranjados se asomaban entre ellos, “podría ser temprano, o ya muy tarde” se dijo.

Apesar de que se daba cuenta de que no reconocía el lugar se relajó dejando atrás los últimos atisbos de haberse preguntado hacia dónde iba. Ahora le parecía que llevaba horas sentada en esa roca, y al fijarse en que el color del cielo mantenía la intensidad rojiza perdió la noción del paso del tiempo. “Esperando? quizás estaba esperando a alguien, o algo." Jugueteaba con el césped bajo sus pies, sintiendo su frescura, pensando en que era realmente delicioso sentir el suave cosquilleo de la hierba. Se le dibujó una sonrisa en la cara, se sentía tan agusto en ese lugar..

El camino ya había desaparecido por completo; Lucia ya no estaba sentada sobre una roca sino sobre el césped, pero tampoco recordaba haberse sentado sobre la roca. Se tumbó y se quedó mirando el cielo. Esperando sin saber que esperaba. Perdida sin saber que lo estaba. Y poco a poco el cielo se fue oscureciendo. Y lentamente ella se fue apagando, fundiendo con las sombras que crecian sigilosas entre los árboles.

Para cuando salieron las primeras estrellas Lucia estaba tan extasiada observando la delicadeza de su brillo que olvidó que ella misma estaba ahí. No se dio cuenta de que ya no se oía la brisa juguetear con las hojas. Y no sintió como lentamente se apagaba y se hundía en la noche.


Uno puede perderse en lugares hermosos.

Qué camino se sigue cuando nos da igual seguir adelante o esperar?

LUNES

Me despierto queriendo abandonar esta dimensión y marcharme a la que ocupan los sueños, a algún lugar irán después de ser soñados.

Quiero calles de agua, un triple sol, hombres alados, una montaña rusa en la plaza mayor, viajar en dragón, flores que bailan, montañas de helado, castillos con cocodrilos y gatos azules...

Hay días en los que al mirar por la ventana veo a la gente tan.. gris...
No, hoy no quiero subirme al mundo

Hoy no trataré de entender xq´ los humanos nos lo ponemos todo siempre tan difícil, xq´ nos hacemos daño, xq´el egoísmo nos marca el rumbo, xq´ no aprendemos a disfrutar de la vida: xq´la malgastamos en atascos, con trabajos que no nos llenan, con discusiones... xq´dejamos que el miedo nos ciegue..
Hoy no entiendo nada de ese mundo. Ni qué haces ahí.

Hoy no.
Hoy tengo 5 años y me voy con mi elefante a comer sushi con los pingüinos; que además les toca pagar a ellos!

La ciénaga de la obsesión

Dormía desnudo en la habitación contigua.

Sólo.

Platónico.

*

Y si ella nunca se acercaba,

Si lograba no rozarle jamás: entonces siempre podría recurrir a él.

Todo se mantendría.

Y sus sueños tendrían un protagonista.

--- ---

Es increíble la fuerza con que la mente ata a las emociones al pasado. Lo difícil que vemos el cambio. La evolución, incluso.

Sin embargo avanzar es inevitable. Podemos luchar, forcejear con el tiempo y morder y arañar su constante latido: pero un día nos encontramos al otro lado. Vemos nuestros pies, palpamos nuestro cuerpo, nos miramos las manos y confirmamos sorprendidos que estamos en la otra orilla, que allá quedaron los duelos junto a ese horizonte cetrino.

--

Ahora caminamos por la otra orilla. Aunque nos empeñemos en ver que sigue siendo parte del mismo lago denso y amarillento, ahora se abre una nueva posibilidad; el tiempo te ha regalado un nuevo horizonte azulado: azulado porque en la distancia la geografía muda de color tornándose indecisa y difuminando detalles. Siguiendo quizás, el instinto de supervivencia, caminamos hacia las sinuosas curvas lejanas. Más livianos, por haber dejado un pedacito nuestro allá atrás.

Sabiendo que siempre podríamos entrar a despertarle.

Sabiendo que en el mundo de las ideas le seguimos soñando, desnudo: Platónico.

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Pero ya al otro lado.

VERDE

Con 28 años abrí esa puerta por primera vez.

La casa estaba vacía.

No estábamos más que él y yo.

La habitación tenía el mismo olor que la jaula de mis dos canarios el día que me los encontré muertos. El dormitorio era tan lúgubre como él. Por las vidrieras verdes entraba una luz difusa y partida que daba a la estancia un aspecto irreal, había demasiadas plantas, la mayoría secas y otras que aún luchaban por sobrevivir. La alfombra roja estaba raída y tres de las paredes estaban ocultas tras una inmensa estantería de madera oscura llena de polvo, de extraños artilugios brillantes y de libros. De algún lugar me llegaba una música llena de coros a los que él había obligado a cantar en voz baja, jamás se me había ocurrido que escuchara música, y menos que tuviera un equipo (cualquiera que fuera su naturaleza o antigüedad) para poner música; hoy sé que aquella música era el réquiem de Mozart, aún no soporto la pieza. También sé, para mi asombro, que era un cd.

Opa (abuelo) tenía más de 80 y sabía que iba a morir esa misma tarde.

- Entra Amir. Cierra con llave y déjala en la cerradura.- Su voz resonó como una enorme gárgara, pero aún así resultaba autoritaria.

Obedecí sin pensarlo, hipnotizado, como había hecho siempre, dejé que la pesada puerta nos encerrara y me acerqué despacio hasta su cama volviéndo a mi infancia con cada paso que daba. Sentía estar dentro de un barco, el suelo se movía bajo mis pies - la madera crujía en su constante vaivén. Traté de evitar el mareo respirando profundamente, pero el olor pegajoso no hizo más que empeorar el estado de mi estómago.

Opa había sido policía y había estado en la guerra, en “La Guerra”, como decía él, y aunque no estuvo en el bando nazi se había vuelto uno de ellos. Odiaba a cualquier persona que hubiera tenído algo que ver con esa guerra, blanco, negro o judío, y a pesar del esfuerzo de mi abuela y de mi madre por hacerle “ razonar” después de que regresara, nunca volvió a ser el mismo. Una vez le dieron por muerto, lo sentí por mi abuela, pero he de admitir que fueron tres semanas increíblemente tranquilas.

Como he dicho, Opa odiaba a muchas personas, y entre ellas a mi padre, y por defecto a mí: heredé su nombre, sus ojos y la piel aceituna. Una vergüenza, según Opa, para una familia del norte de Alemania. Mi madre pagó su parte antes de que yo naciera, se quedó coja por “haberse tropezado en las escaleras”, pero “para deshonra de la familia” no perdió al bebé que llevaba dentro. Yo.

“Parece que has salido de un bazar” me decía de pequeño. “¿Es que no sabes lavarte como dios manda? “ me preguntaba antes de comer. Después me tiraba de la silla para que fuese a lavarme una piel que nunca sería blanca. Por las noches después de que me diera el empujón que venía a significar “buenas noches” tumbado en la cama deseaba que volviera la guerra y que se lo llevaran otra vez y que esta vez no nos lo devolvieran. Pero nunca se lo llevaron de nuevo. Fue mi tutor a golpe de cinturón. Así me educó, así me odió desde el primer día que entré en su casa y no dejó de hacerlo ni cuando me marché a la universidad a estudiar medicina.

Mi padre nos abandonó 3 años después de que Opa volviese de “La Guerra” , le dijo a mi madre que se iba porque ya tenía una familia en Ánkara. Yo siempre pensé que realmente se marchó porque Opa logró agriarle la sangre y porque era la única forma de huir de la necesidad de matarle. Desde entonces no guardo un solo recuerdo de mi madre sonriendo. Se convirtió en un fantasma, delgada, blanca; caminaba a dos centímetros del suelo, ligera, con su melena oscura despeinada; y si hablaba lo hacía en un susurro. Abuela nunca dijo nada. Me curaba los moratones y las heridas de los latigazos o me secaba las lágrimas siempre con la misma expresión vacía en su cara.

-¡Ven de una vez!- Gritó sacándome de mi delirio.

Me senté en la silla junto a su cama: el cojín era demasiado blando y la silla demasiado baja, en proporción a mi altura su cama parecía mostruosa. Llevaba un pijama verde oscuro con rayas granate que era demasiado grande y hacía que su cara amoratada pareciese superpuesta y que su aspecto pareciese aún más enfermizo.

-Bien,-dijo. – ahora acércate,- su voz era un gárgara oscura. Estiró la mano para que se la cojiera.- ¡Vamos niño! ¡ Que no tengo nada contagioso!

Tenía cáncer. Un cáncer a mi parecer muy lento, condenadamente lento.

Le dí la mano. Estaba caliente, la piel era aspera, sus dedos estaban hinchados como salchichas y eran obscenamente peludos. Al acercarme a él noté que el olor a jaula salía de su cuerpo.

Recuerdo perfectamente lo que hizo entonces, lo recuerdo como si lo hubiera visto en un película. Se ladeó despacio y me miró, primero con su ojo verde de cristal, luego con el que aún le servía y acompañado por una tos flemática su siguiente movimiento fue tan rápido que no pude reaccionar. Sacó algo de debajo de su almohada, un reflejo metálico me cegó un segundo, “crrrac”, y cuando volví a abrir los ojos algo frío me presionaba la muñeca y me unía a la suya: las esposas. Después con una naturalidad aterradora vi como se metía la pequeña llave en la boca y se la tragaba.

- Amir, ya sólo me queda una cosa por enseñarte.- gorgoteó recostándose.

- ... Qué - carraspeé más por miedo que por necesidad,- ¿qué es Opa?

- El tacto de la muerte.

- Opa... Soy médico..

- ¡Perfecto! En ese caso ya sabes qué hacer para salir de aquí cuando todo haya terminado. - Contestó despacio y con una voz demasiado jovial para unas palabras tan macabras. Cojió la almohada de su derecha y me la dió.

No dijo una sola palabra más. Me apretó la mano con fuerza y se quedó mirando al techo casi expectante.

Se me hizo un nudo en el estómago, el corazón se me desbocó hasta las sienes. Quise cojer la almohada ocultar su arrugada cabeza rosada con ella y acabar con la espera –Venganza. Deseé poder saltarme mis creencias y todos mis valores morales. Por una vez quise lo mismo que quería él. Sin embargo me quedé ahí esperando. Observando inmóvil como respiraba asmático. Deseándo que el pecho bajo ese maldito pijama no se levantara de nuevo. Pasó una hora. El nudo terminó por cerrarme el estómago. Se me durmió una pierna. Dos. Me sudaban las manos. Sabía que por dentro su cuerpo se retorcía de dolor. Sabía que con las pastillas de la mesita de noche sería suficiente.- Odio. Tres. Acerqué más la silla, y apollé la cabeza en la almohada... Cuatro. Pero no le hice el favor. No viejo, pensé, esta vez ganarás la batalla pero no la guerra. Y continué tan inmóvil como él. Haciéndo lo que él habría hecho por mí. Nada.

DEA: Departamento de Envasado de Almas

El Departamento de Envasado de Almas se había creado con el fin de atesorar lo que antiguamente se habían denominado “mentes geniales”. En un principio se había tratado de almacenar el saber de la humanidad. Tras descubrir que la creatividad, el don para la música o al sensibilidad para la pintura no se encontraban en ninguna célula ni en el terreno de la genética, el hombre - eterno curioso siguió su tozuda búsqueda hasta lograr aislar el verdadero núcleo de toda actividad artística, imaginativa y también, de todo sentimiento.
El hallazgo había causado que más de una mandíbula se descolgara como una sardina lánguida que se desenrolla en el laboratorio y había tenido lugar como tantos hallazgos y logros históricos, una mañana como otra cualquiera, igual a la anterior. En este caso en concreto un jueves.
El equipo investigación que se había encargado del proyecto se había fundado el décimo año consecutivo en que la tasa mundial de natalidad resultó negativa.
Los miembros de dicho equipo perseguían el sueño de captar de algún modo sintético o natural la esencia que inspiraba la vida, y aportar a la mediada generación futura la ilusión que con el paso de los siglos la propia humanidad había ido perdiendo; querían transmitir la experiencia y el conocimiento de toda la historia de la humanidad con el fin de crear un futuro considerablemente mejor. Hasta aquí un fin delicadamente altruista.
Para ello habían utilizado las técnicas más avanzadas que la ciencia podía ofrecer en ese momento, como des-atomizar un cuerpo humano descomponiéndolo en energía pura, lo cual, lamentablemente, producía una inestable masa de calor que terminaba por desvanecerse o estallaba amarillenta y en las narices de los científicos, dejando tras de sí un olor nauseabundo que describieron en sus cuadernos como: la esencia de un pedo. Habían incinerado cuerpos, y diluido sus cenizas, sin mayor resultado que un agua turbia, que terminaba su aportación a la historia mundial desapareciendo por el váter. Habían probado golpear los cuerpos, destilarlos y secarlos al sol y todos los experimentos ya fueran aparatosos, simples o pegajosos terminaban en el mismo resultado, un sencillo fracaso.
Tras un número indeterminado de meses, uno de los miembros del equipo dio con el problema y lo que sería la primera de las claves. Los cuerpos estaban muertos, ergo, el alma ya los había abandonado. Ergo - y a pesar del valioso conocimiento de anatomía, y técnicas de embalsamado que todo el equipo había adquirido- no habían hecho más que perder el tiempo. EL día en que se expresó esta conclusión en voz alta se decidió por unanimidad brindar por el hecho de no tener que volver a descongelar un solo cuerpo octogenario y se redactó de inmediato un comunicado: se buscaban voluntarios para ser desalmados.
Una semana más tarde, el mismo hombre que había llegado a la conclusión previa recibió con una taza de café aguado en la mano a su primer voluntario, un cocker hispaniel cuya dueña dejó en la sala de espera alegremente.
Este gesto altruista para con el bien de la humanidad no iba a ser visto del mismo modo por el can, ni por el grupo de científicos que por la dueña, quien por fin, tras 3 años de alergia, pudo respirar según ella más tranquila. En los 6 años de vida que le quedaban por delante no recuperó jamás el sentido del olfato ni se logró deshacer del sarpullido crónico que tenía en la garganta. Este gesto, además, trajo consigo una nueva incógnita: Poseían alma los animales? Nadie puede negar que no resultaran juguetones, divertidos y aveces incluso entrañables, pero eran estas actividades innatas o fruto de la alienación causada por el hombre a una especie domesticada?
Tras el primer experimento que realizaron con él: elegir entre una pelota roja y una azul. El cócker siguiendo su instinto y con el orgullo bien herido “Estos idiotas deberían saber que los perro somos daltónicos” burló las medidas de seguridad, que como era de prever sólo eran a prueba de hombres, y desapareció del laboratorio. De este modo el hombre nunca descubriría que los perros sí tienen alma.
Quiso la suerte, o el aceite, que el jefe del equipo, un hombre con las paredes llenas de títulos y alguna que otra condecoración, fuese el primer ser humando desalmado en un laboratorio.
El Dr. Kubitschko había desarrollado la tesis de que el alma, la cual se encontraba anclada en el cuerpo, debía poder extraerse por medio del aire, ya que la respiración llenaba el cuerpo de energía y ello se hacía por los pulmones, inhalando y exhalando. Las teorías asiáticas milenarias que hablaban de esta tesis precisamente habían sido pasadas por alto por el Dr.K y así seguiría siendo por el resto del equipo, que como hemos podido observar, respondía al patrón corriente de comportamiento humano.
Inspirado por su revolucionaria teoría el Dr. K había diseñado una aspiradora que se aplicaba directamente a la nariz y la boca y que en segundos aspiraba el último aliento del mas o menos moribundo depositando el aire absorbido en un tanque hermético y metálico. Era perfectamente almacenable, pues soportaba su propio peso cien veces y constaba de una llave a modo de grifo colocada en el lateral opuesto al que poseía la compuerta de acople con el tubo de la aspiradora, a la que se podía acoplar una botella de o,1cl en la cual se podía extraer –al vacío- una muestra del contenido, para su posterior análisis.
Bien, como decíamos quiso la suerte, o en este caso en concreto el aceite (ya que la contaminación de la atmósfera había llegado a límites fuera de lo irracional y se había impuesto la bicicleta como único vehículo permitido -aparte de patines, monopatines y similares vehículos de propulsión humana- pudiendo olerse el efecto de dicha decisión 3 días después de que entrara en rigor a escala mundial y viéndose los resultados económicos pasado el mismo tiempo cuando China por fin se convirtió en la primera potencia mundial, seguida por Cuba gracias a la producción de rodamientos) pues bien, quiso la suerte que uno de los doctores aún en prácticas reparase su bicicleta también, un jueves, en el mismo laboratorio: un lugar propiamente inapropiado y en el cual el Dr. K no esperaba resbalar camino de su primer voluntario-víctima , caer de bruces e insertarse la aspiradora diseñada por su propia mano hasta la traquea.
Minutos después yacía inerte el aclamado cuerpo del Dr. K, en una mancha parda y brillante y a su izquierda, en un tanque el primer alma humana jamás capturada y envasada.
No fue el mismo joven practicante quién encontró el cuerpo, este no regresó hasta llegado el lunes, y para este día los demás científicos habían tenido tiempo de llorar la muerte del insigne Dr. Kubitschko; de brindar con champán de nuevo al descubrir que su muerte había sido en sacrificio del saber de la humanidad; y de almacenar el alma de 3 “voluntarios” más: uno de ellos una madre declarada incapaz por haber sido devorada por el Alzheimer (la cura para esta enfermedad, a pesar de haber sido descubierta hace más de medio siglo no se comercializaba ya que había sido comprada por el Consorcio de Asilos, que en beneficio de la estabilidad familiar pagó un precio obviamente millonario al creador de dicha medicina y le aseguró la estancia-indeterminada- gratuita en cualquier asilo del mundo, llegado el momento y si se diera el caso de necesitarlo y de que algún familiar lo declarase incapacitado mental. El científico J. Zimmerman, que así se llamaba, fue uno de los pocos casos vistos en la historia de la medicina que antes de los cincuenta presentaba una adelantado cuadro de Alzheimer y atrofia muscular de la cual, el Consorcio de Asilos se encargó rápidamente tras recibir el acuerdo unánime de los herederos Zimmerman). Otra de las almas había pertenecido a un tibetano que había implorado entre balbuceos incomprensibles y forcejeos algo sobre ir en contra de las leyes del universo, el renacer y despertar de la raza humana y del karma, siendo la última la única palabra que reconocieron. Pero al no encontrarse entre ellos ningún experto en tibetano se limitaron a observar satisfechos la aspiración y el Momento - que ya eran capaces de reconocer- en que el alma abandonaba el cuerpo y era introducida en su siguiente morada herméticamente eterna. El alma número tres era la de un auténtico voluntario, un joven que pecaba de creerse original y decía ser el cantante de un grupo musical neo-gótico que “alucinaría” ante semejante acto y sería eternamente incapaz de superarlo. Lo que nunca sospechó fue el efecto devastador que causó entre sus seguidores, de los cuales, al terminar de escribir estos sucesos sobrevive al penas el 23%.
En el laboratorio del cuarto sótano de la sección B de INvestigación no Genética reinaban el júbilo y la confusión: pues, ahora se presentaba al equipo la siguiente pregunta: qué hacer con el alma y como extraer el conocimiento. Y la consiguiente y aún más enigmática: cómo administrarlo y con qué fin.
Dentro de su tanque hermético, el anterior Dr. Kubitschko, a quien seguiremos tratando por este nombre con el fin de evitar la confusión de los lectores, se había adaptado más o menos bien a su nuevo entorno, al fin y al cabo una parte de su ser lo había creado. El mismo jueves tras ocurrir el “accidente” y ya en su nuevo estado... Digamos físico, se había golpeado contra los bordes, y superficies, había acelerado todas sus partículas con el fin de dilatar el metal siendo un efecto-microondas y posteriormente las había apelmazado hasta el infinito tratando de implosionar, ambos intentos resultaron obviamente fallidos. Había buscado la forma de comunicarse con su nuevo recipiente, también en vano. Lo habían estudiado y re-estudiado, hasta darse cuenta el sábado, justo después del amanecer, de que él mismo, por así decirlo, había elegido dicho metal precisamente por lo imposible que resultaría salir de él dada su estructura atómica. Resignado pasó el domingo y para el lunes por la noche los recuerdos de su vida como Doctor y profesor en física cuántica, medicina y bioquímica molecular se habían almacenado como tantos otros recuerdos de vidas anteriores: sin mayor o menor importancia en algún lugar infinitesimal de su universo.
Ese mismo lunes por la noche, y el martes siguiente, el júbilo y la celebración se desvanecían y comenzaron a reinar el desorden y la confusión en el laboratorio, unos corrían escaleras arriba y abajo, trasladaban los recipientes y los hacían pasar por todo tipo de radiaciones; otros leían y revisaban por enésima las anotaciones del Dr.K. quién de alguna forma trivializaba el hecho de haber creado su propia trampa. Trivializar era algo que el tibetano, no había llegado a hacer, no lo necesitó, nada más ser vomitado en el contenedor metálico recordó el libre albedrío de la raza humana y lo insoportable de la misma, o de ambas, y que el tiempo es eternamente relativo. Así pues, tranquilamente se acomodó y comenzó a esperar.
El siguiente jueves, de madrugada, tras noches enteras en vela, miles y miles de pruebas llegó la discusión final. Unos opinaban que había que trasladar las almas a recipientes translúcidos para así continuar su estudio de forma más tangible, ver cambios en la estructura, masa, densidad, al modificar sus condiciones ambientales, por citar algunos ejemplos absurdos.. O someterlas a radiaciones. Otros pensaban que estaban perdiendo el tiempo y que debían dividirse en dos, unos seguirían investigando que hacer con los recipientes y otros se dedicaría a reclutar más voluntarios.
A nadie se le ocurrió abrir el grifo y ver que sucedía por miedo a perder el gas. Ya que el alma era- debido al insignificante aumento de peso del recipiente- evidentemente gaseosa.
El alma de la mujer con Alzheimer tardo 48 horas en hacerse dueña de su nuevo entorno y recapacitar acerca de los últimos 15 años de su vida: era vainillina lo que le faltaba al pastel, Emilia era en nombre de su hija y el dinero había estado todo el tiempo debajo de la maceta del salón. Pero para cuando esos años recobraron la forma ya dejó importarle quién había sido ella y comenzó a preocuparle más lo que hacía ahí fuera su hijo en una bata blanca, zarandeando la caja que la contenía y sometiéndola a presiones hasta ahora desconocidas para su naturaleza. Se preguntaba una y otra vez para qué la cambiaban de habitación decenas de veces al día, qué hacía en una caja metálica y por qué no la inspiraba de una vez por el grifo: así sabría que ella nunca dejó de saber olvidó,. En este punto descubrió que a pesar de su encarcelamiento era capaz de sentir lo que ocurría fuera, automáticamente olvidó que su cumpleaños había sido 12 de agosto y entonces tranquila decidió esperar y observar que ocurría después.
Los científicos se enzarzaron en una disputa que terminó el viernes a mediodía y le costó a uno un par de dientes, a muchos un ojo morado y alguna que otra ostilla rota, una leve conmoción cerebral y al laboratorio demasiados ceros a la derecha que por su puesto cobrarían al seguro, el cansancio devoró la demostración de testosterona y por fin ambos grupos se dividieron.
El cantante escuchaba. Al principio había lamentado no haberse despedido de nadie, después había creado infinitas canciones en un segundo y se había felicitado por ello, el lunes se alegró con un plenitud hasta ahora desconocida para él, por la música, por la poesía que impregnaba cada una de sus letras y por lo extasiador de los sentimientos que inspiraban dichas letras; el martes habría llorado -si hubiera podido- al darse cuenta de que inútilmente había desperdiciado su oportunidad de compartir aquellas canciones, pero para el miércoles se dio cuenta de que siempre volvía al mundo de la música, y que aquello no era más que una experiencia más que añadiría a su larga lista de experiencias musicales, así pues cuando lo volvieron a agitar y trasladar sintió que no estaba solo, y acompañado esperó tranquilo el siguiente eslabón de la nueva cadena de experiencias.
Dos recipientes para cada grupo de científicos. No hubo más condiciones.
El Dr.k había olvidado, como había olvidado su equipo, que querían compartir ese saber con el mundo. Que las siguientes generaciones podrían así ser parte –literalmente- del pasado y aprender así como hacer un futuro mejor cuando estancados no supieran por donde seguir. Ahora sólo comprendía que era parte de un principio sin final
El grupo 1 trasladó, mediante el mismo método aspiratorio, sus dos almas que fueron depositadas a recipientes translúcidos de las mismas características atómicas: no hubo cambios, ni para los espectadores del interior ni para los expectantes del exterior.
El Grupo 2 redujo al mínimo las investigaciones de extracción y se dispuso seguir almacenando y a crear recipientes más prácticos. Desarrollaron un metal dúctil, que podía adaptarse a la forma del espacio que quedara en el estante o lugar donde lo almacenaban optimizando así los gastos, algo que le laboratorio agradeció enviando al domicilio de cada uno de los miembros del grupo 2 una botella de champán.
Durante los siguientes meses no hubo descubrimiento digno de mención ni por parte del grupo 1 no del grupo 2.
A finales de año, el laboratorio que había acogido y comprado el proyecto del grupo 1, una empresa farmacéutica, colaboradora del Consorcio de Asilos, ante el silencio del laboratorio primogénito, sospechó competencia y ordenó también el almacenamiento de almas, con prioridad sobre la investigación de su aplicación terapéutica. Quiso el destino que de este modo que se llegara al que sería el último descubrimiento en el campo de investigación del antigua DEA, el descubrimiento fue tan casual como otro cualquiera, casualidad es el 98% de la ciencia, y también fue un jueves: las almas de aquellos que padecían alguna enfermedad psiquiátrica o con manifestaciones físicas notables, especialmente entre los niños, resultaban ser aspirables más rápido que las de otros sujetos. Durante los siguientes 10 años la tasa de natalidad siguió descendiendo.
Y en los miembros del grupo 1 al igual que en los miembros del grupo 2 comenzó a formularse la siguiente pregunta, una pregunta que mientras siguieran las investigaciones, nunca se formularía dentro o fuera del laboratorio: Era el número de almas ilimitado?